Culto a lo muerto

Foto de barsen (flickr)

¿Sabías que vas a morir?

Quizá te hayan contado alguna vez esa milonga de que somos mortales, y que todo esto que estás viviendo se acabará. Como entra por un oído, sale por otro, de la cabeza no pasa. Se supone que primero se marcharán las generaciones anteriores, pero no hay certezas. Sólo mantenemos con vida convicciones, hasta que los hechos consumados revelan que se trataba de un concepto zombi: anda, resulta que me tocaba a mí. He muerto. ¡Con todas las cosas que me quedaban por hacer!

Hay muertes absurdas, muertes tan torpes que hasta la vanidad de su destinatarix seguiría lamentándose hasta la eternidad, si pudiera, una vez queda el cuerpo inerte. También las hay injustas, que no atienden a ninguna fórmula kármika que se pueda construir, que son el coletazo de una vida reincidente, enganchada a la droga de los infortunios. Normalmente, resultan imprevisibles.

Las infinitas formas de presentarse la muerte fueron abordadas en la serie de televisión A dos metros bajo tierra (Six feet under), la delicada y negra obra maestra de Allan Ball. La muerte, por muy temida, dignificada, idealizada que la tengamos, no hace más que aproximarse hacia cada unx de nosotrxs. Y el filo que la separa de la vida es mucho más frágil de lo que nos solemos imaginar.

¿Todo esto para qué?

Muerte y coraje

“Todos nos vamos a morir, nos vamos a morir bastante pronto, es una verdad […]. ¿Cómo es que vivimos como si no nos importara? […] Las cosas más profundas de la vida las buscaríamos más si supiéramos que la vida es un recurso escaso, que lo es. […] Todas las tradiciones espirituales consideran muy en serio eso de que la conciencia empieza por la conciencia de la muerte. O dicho de otra manera, la conciencia de que todo es evanecescente, impermanente, transitorio.”

Lo dice Claudio Naranjo, nada más y nada menos que desde un centro comercial, el paradigma de la cultura de lo muerto, el agujero negro de la insatisfacción, el banquete de lo fútil donde te pierdes de ti para colmarte de necesidades ficticias, la punta del iceberg de este sistema loco en el que intentamos sembrar la conciencia.

De nuevo, ¿todo esto para qué?

Todo esto para dejar de rendirle culto a lo muerto mientras estamos vivxs, y empezar a tener conciencia de la muerte. Todo esto para no postergar, es decir, para empezar a tomar decisiones que nos hagan seres más felices, ocupaciones y pasiones que sirvan de alimento a nuestro ser y que retrasamos confiando en que la muerte nos deje tiempo suficiente para nuestro propio disfrute, una vez hayamos colmado las demandas sociales, familiares y personales impuestas o exigidas por unx mismx.

Una enfermera australiana, Bronnie Ware, publicó hace casi un año un libro en el que recogía su experiencia con cientos de personas mayores a las que había acompañado en las últimas semanas de vida. Ese libro ahora ha sido publicado en España, Los cinco mandamientos para tener una vida plena (Ed. Clave debolsillo), y recoge los cinco remordimientos más habituales antes de morir (aquí el original, y aquí traducido), el primero de los cuales dice así: “ojalá hubiese tenido el coraje de vivir la vida que yo quería vivir, y no la que los demás esperaban de mí.” Quien ha pasado por una experiencia cercana a la muerte, aborda cambios que apuntan en este sentido.

En las charlas y talleres de escritura creativa y terapéutica siempre lanzo preguntas como: ¿qué te apasiona?, ¿cuáles son tus aficiones?, ¿qué es lo que más te gusta hacer? Y las respuestas apuntan a actividades que, pese a estos tiempos de crisis, sí están al alcance de sus bolsillos. La mayoría de las veces son planes que precisan sólo de dos condiciones: voluntad (obvio) y tiempo. La primera propicia lo segundo. Pero es tal la desconexión, y la insistencia de los estímulos externos por sacarnos de nuestro centro interno, que cada vez soy más consciente de la necesidad de cultivar la visión creativa, para anclar con fuerza el referente interno del deseo puesto en acción.

Vuelta al presente

¡La muerte no espera, ni tiene prisa! Sólo será bienvenida si vives cada día de tu vida, e inoportuna si te limitas a rendir tributo a lo muerto, a lo de los demás que no sientes tuyo, cada segundo de tu existencia. “Este momento que estamos viviendo aquí, si no lo agarramos, no lo vamos a vivir nunca más, es irrepetible. […] El camino pasa por el momento”, añade Naranjo, subrayando esa conexión existente entre la muerte y el presente. Muy al contrario de lo que la mente pueda concluir, sentirte mortal te ayuda a apreciar el momento. Permite contactar con el miedo, sí; y también con el deseo. Y el deseo infunde coraje.

De lo contrario, la ceguera y la parálisis se convierten en las formas de negar la realidad. Y la realidad es que caminamos con la muerte en los talones.

O dicho de otra manera: con la muerte en los talones, caminamos.

De postre

El vídeo de Claudio Naranjo en el que reflexiona sobre la muerte:

Una muerte bruta y absurda, en A dos metros bajo tierra. Insisto, es una escena de una muerte, no un vídeo de Claudio Naranjo ;-):

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