¡Abrázame!

La cosa se está poniendo muy seria. Sí, la crisis. Las cifras ya las conocemos, así que no las voy a repetir. Además, desgraciadamente, se quedan anticuadas a una velocidad pasmosa, y habitualmente para peor. Todo esto se traduce en muchas personas, familias enteras con dificultades reales para llegar a final de mes, otras que ven cómo el cinturón aprieta cada vez más, y muy pocas que no se dan cuenta de ese tufo que nos acompaña desde hace meses, que cada vez es más intenso y que nos impregna todo el cuerpo, intoxicando nuestro torrente sanguíneo: el miedo.

El miedo es una emoción que “está por debajo del ser, por debajo de su respiración y hasta por debajo de su llanto”, según lo describe el escritor Jesús Ferrero en su primer ensayo, Las experiencias del deseo. Y añade:

El miedo sería en realidad un movimiento del deseo vuelto (o revuelto) hacia el cuerpo con la intención de protegerlo, y tendría el efecto de una alarma más aguda cuanto más claro fuese el peligro. Sin embargo, es observable, y cualquiera lo ha podido experimentar, que el miedo agudo, que se supone el aviso de un peligro extremo, en lugar de transmitirnos energía, velocidad y eficacia en los movimientos, nos paraliza y nos crea una gran confusión mental. Más que un sistema de defensa, en muchos casos parece una búsqueda inmediata de la muerte.

Qué difícil resulta sostener el miedo, sin salir corriendo, sin mirar para otra parte, o sin impulsivamente salir al ataque para acabar con el mismo. Simplemente estar ahí, ver el miedo, sentirlo. Hay personas que no tienen mayor problema con la vivencia de la envidia, de igual forma que hay personas que no tienen dificultad con el orgullo, pero, ¿el miedo? El miedo es una alianza que o no hay forma de que entre en el dedo o unx no sabe cómo sacársela de encima. Y sin embargo es una alianza más con la que vivir. ¿Vivir sin miedo? No sé si es posible, pero diría que no.

Otra cosa muy distinta es vivir para el miedo. Eso es lo que está ocurriendo. El temor a la crisis, a quedarnos sin trabajo, a perder prestaciones, a que seres queridos acaben en situaciones realmente críticas, y a no tener claro cómo va a acabar la crisis, ni si tiene fin… Todo eso, potenciado por unos medios de comunicación que encuentran más económico difundir mensajes de miedo que buscar voces que ofrezcan soluciones…; todo eso, digo, genera un sustancioso caldo de cultivo para que vivamos sumidxs en el miedo. Y en ésas andamos.

Dejar que el miedo sea

El miedo es una criatura pequeña que revolotea a tu alrededor requiriendo de tu atención, es una criatura asustada con la que nos podemos identificar hasta acabar siendo absorbidos absorbidxs por ella. Nos puede hacer olvidar que nosotros nosotrxs ya no somos criaturas pequeñas, sino que tenemos una edad, un recorrido hecho en la vida, una experiencia que nos ha ayudado a crecer, y que podemos gestionar la situación para no vivir en esa indefensión en la que se siente esta criatura que corre a nuestro alrededor. Pero esa criatura, que es el miedo, no tiene ese bagaje, ni ha crecido: simplemente es miedo, se siente indefensa, lo vive así y lo expresa así.

Cuando quedo con una persona con la que tengo confianza para ponernos al día, lo más práctico para mí es explicitar la existencia del miedo, darle un espacio. Estamos tú, yo y mi miedo [y quizá el tuyo también]. “Hay que ver, qué j***** está todo, la verdad es que ando asustado con esto y aquello”, empiezo; en fin, cada unx con su fórmula. Es una manera de calmar al miedo, de coger a esa criatura que corre, abrazarla y susurrarle al oído: “está bien, sé que estás asustada, te veo, yo te cojo”.

Y en ese abrazo figurado que unx se hace a sí mismo mismx, da espacio al miedo, acepta que está ahí. Y respira. Es entonces cuando el miedo deja de controlar el 100% de nuestra persona, la criatura se ha relajado y puede empezar a jugar a construirse una cabaña con telas y sábanas donde protegerse, o quizá quedarse en nuestros brazos. En cualquier caso el miedo ya no dirige la embarcación, simplemente es parte de la tripulación, es una más de todas las emociones que navegan junto a nosotrxs en la vida.

El planteamiento que he descrito más arriba también se puede hacer con unx mismx, sin necesidad de contárselo a nadie. De hecho, ése es un entrenamiento que se adquiere en la terapia Gestalt, donde se van explorando distintas facetas, personajes internos que no han sido explorados o habían quedado muy desdibujados. Rescatarlos otorga una capacidad más amplia de responder en la vida, y una experiencia de mayor libertad.

Pero a veces el miedo nos tiene, en verdad, atrapados atrapadxs, y salir del mismo resulta especialmente difícil. Ahí es cuando otra persona puede ser de gran ayuda. La criatura asustada nos posee, y entonces necesitamos que bien una amistad, familiares, terapeutas, alguien que nos inspire seguridad… nos ofrezca ese espacio de consuelo y cuidado, ese abrazo figurado o literal en el que poder reposar.

La crisis nos podrá quitar créditos, trabajo, viviendas… ¿pero el consuelo? ¿El abrazo? Eso no está en manos de la crisis, ni de los mercados, ni de la prima de riesgo, ni de ninguno de los poderes. Cuidarnos de la parálisis del miedo, cuidar nuestros miedos, es algo que sí que podemos hacer, con o sin ayuda, sin necesidad de vivir angustiadxs. Y en la medida en que cuidemos nuestros miedos, podremos estar en el presente, sin empujar el río y aceptando mejor su curso. En definitiva, cultivando la paciencia, actitud que rescata para esta crisis Paco Peñarrubia en un reciente texto, y del que puedes leer un extracto en la web de El Taller de EAM.

A lo que voy: hagamos el favor de pedir abrazos. Son gratuitos.

PS. Yo doy y pido abrazos cuando me siento en confianza. Para quien no tenga experiencia, resulta muy gratificante, aunque tiene su ciencia: encontrar el equilibrio con la otra persona, la fuerza o ligereza del apretón… La clave es: si yo me permitiera disfrutar un abrazo, ¿cómo lo haría? ¿Cómo sería? Estas preguntas pueden servir de guía. La experiencia hace todo lo demás. ¡Salud!

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  1. Me ha gustado leerlo, el texto mismo es como un abrazo virtual que tomo. Sostener el miedo acompañado, por uno mismo, por los otros, es más fácil. Felicidades por tu blog.

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