¿Que qué tal?

Seguro que alguna vez te ha pasado: vas por la calle y te encuentras con una persona a la que llevas mucho tiempo sin ver; te toca subir en el ascensor de la oficina con la persona que menos te apetece; te llama por teléfono tu madre/padre/hijo/espíritu santo… Da igual, el caso es que tú ese día te has levantado con el pie izquierdo, o bien acumulas una racha jodida difícil, y te hacen la pregunta del millón: ¿qué tal?

¿Qué tal? Pues hechx una mierda. Me está matando de dolor la muela del juicio; el pequeño tiene 38 de fiebre y no he dormido; a finales de mes me despiden; en crisis con mi pareja: ni sexo, ni cariño, ni siquiera broncas; con la casa patas arriba por problemas de la calefacción y encima con almorranas; sumando otra década en mi vida y sin tener claro qué estoy haciendo con ella…

¡Son tantas respuestas posibles las que podríamos dar! Pero no. No hablamos de nada de eso, porque la norma social dice que tenemos que responder otra cosa. ¿Crisis? La crisis no existe en el encuentro con otra persona, en el saludo inicial, protocolario. Lo único que existe y se puede decir es: bien. No, bien no: BIEN. Así, con sonrisa y artificialidad mayúscula, de tamaño proporcional al tiempo que llevas sin ver a la otra persona, y la desconfianza que te genera. ¿Y qué conseguimos con eso?

Pareciera que decir “ando preocupado con un asunto familiar/persona” o, sintetizando aún más, “ando mal, la verdad” nos estuviésemos poniendo en un lugar de vulnerabilidad, expuestos a la sorna, juicio o agresión de la otra persona. O que ocasionáramos una incomidad. ¿Acaso esa persona no tendrá sus días mejores y peores, sus muelas del juicio, sus suegras, etc.? ¿Cuál es el beneficio de sostener que todo nos va bien cuando es poco probable que TODO le vaya bien a una persona? No es que cuestione a alguien porque diga que está bien. Cuestiono a la persona que siempre dice con una sonrisa que está “bien”. Y me cuestiono a mí cada vez que lo hago, cuando internamente me puedo reconocer con problemas en esto; en la gestión de aquel asunto; preocupación con esta persona, que no sé cómo ponerle límites, etc.

Entonces, qué: ¿estoy defendiendo que hay que contarlo todo? Para nada. Pero ¿por qué falsear la realidad, por qué no algo más natural como un “bueno, con algunos temillas por ahí que me tienen preocupado”, o con un “pues bien y mal, para qué te voy a engañar”? Una fórmula que escuché en la formación de Gestalt fue: “¿bien o te cuento?”. Es un punto intermedio, que reconoce la superficialidad del bien, sin ahondar en la realidad. Yo últimamente estoy explorando con el “Caminando” o “Vivo, que no es poco”.

Ésta es una conversación que tuve hace unos días en el ascensor con un vecino, y la pregunta del millón que lanzó:

– ¿Qué tal todo?

– Hombre, TODO es mucho como para responderte que bien.

– Bueno, es lo típico que se pregunta, ¿no?

– Pues TODO, la verdad, es que bien y mal. ¿Y tú? ¿Qué tal todo?

– Bien, me voy ahora fuera, que me están esperando…

– ¿TODO bien?

– Sí, bueno, NO, todo no. Hay cosas que bien y otras que no.

Pero reconozco que en ocasiones me encantaría soltar un “MAAAAL” mayúsculo, cabreado, y que me inspira el ronquido de Merche en la escena de Gomaespuma que incorporo más abajo; un “MAAAAL” de esos de “¿no querías saber qué tal estoy? ¡Pues eso por preguntar!”.

¿Acaso no tenemos todxs días malos? “Estoy hecho una boñiga de vaca”. ¿Momentos en los que querríamos bajarnos del tren, o quemarlo todo? “Me pillas en un día calentito”, “Asqueado, hoy estoy asqueado con todo”. ¿Ocasiones en las que no quieres hablar con nadie? “Me voy a ir a correr porque estoy que estallo, con el c****** del jefe”. En definitiva, mal.

Un mal que puede estar hablando de emociones de tristeza, o bien de ira. Recuerdo que hay investigaciones que concluyen que interiorizar la ira resulta más nocivo para el sistema cardiovascular que expresarla, canalizándola y regulándola.

Es placentero, o así me resulta a mí, cuando me puedo permitir cabalgar sobre los caballos del enfado y la agresividad, con las riendas cogidas. Puedo entonces pasar a otro estado, calmar mi temperamento, en vez de ir conteniéndome cual olla a presión. Entiendo que hay personas cuyo camino va en sentido opuesto, y que trabajan para aplacar el ímpetu de su caballería salvaje, pero aquí no hablo de eso. Seamos honestxs: para cinco de cada seis españolxs el paro es el principal problema del país, seguido de los problemas de índole económica y la clase política (CIS de febrero de 2012). Tenemos motivos para estar inquietxs, angustiadxs, enfadadxs.

No estoy lanzando una sociedad misántropa, para nada. Sólo cuestiono un aspecto bien arraigado en nuestras sociedades, que consiste en preguntar por la otra persona, y responder con un automatismo, al margen de la realidad. En eso la cultura china se lo monta mejor. Tan cautos que son de la vida privada de cada unx, en China el “¿cómo estás?” lo transforman en contextos formales por un “¿has comido ya?”, 你吃过了吗?. ¿Y quién no ha comido ya? Es una pregunta a la que podemos responder con un sí generoso, sin obligarnos a forzar una farsa sin mucho sentido.

Y aclaro que no defiendo a las personas que van con su pesimismo y apatía por delante, como carta de presentación. Las emociones no tienen una duración muy prolongada (químicamente), y si socialmente la depresión se distingue de forma rápida como un trastorno afectivo, también deberíamos hacer lo mismo con la máscara de la sonrisa. No, no cuela.

[Actualización 15/03/12: me cuenta la profesora de chino Yaqin que entre amigxs se suele decir 你忙吗?, “¿estás ocupadx?”, mientras que el “¿has comido ya?” citado más arriba se utiliza más en conversaciones con vecinxs.]

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